Somos las palabras que usamos

Stefanía Peraga - 2015

Los idiomas nacen, evolucionan y se alimentan de quiénes lo usan. Es mucho más que un conjunto de signos, es un reflejo de la cultura. Cada idioma es un espejo de cómo se percibe el mundo, de la forma en que cada cultura lo interpreta.  Galeano mismo dijo “Somos las palabras que cuentan lo que somos”.

 

Las palabras surgen de la necesidad de comunicarnos, de ponerle un nombre a elementos importantes de nuestras vidas.

 

Es así como cada cultura tiene palabras que en otras no existen. Algunas tribus del Amazonas tienen siete palabras diferentes para designar distintas tonalidades de verdes por el lugar dónde viven. Abbiocco es la palabra que se utiliza en Italia para nombrar al sueño súbito que se siente después de comer. Kyoikumama en japonés significa una madre que le exige a su hijo el éxito académico. Incluso en Noruega existe un verbo que significa tomar cerveza al aire libre, utepils.

El changana es uno de los tantos dialectos locales que se utilizan a lo largo y a lo ancho de Mozambique. Nuestra curiosidad y necesidad de romper las barreras culturales nos llevó durante estos años a intentar aprender las diferentes palabras y frases que nos enseñaron desde chicos nuestros padres. Aquellas que universalmente abren cualquier puerta. Así aprendimos a decir khanimambo (gracias), liyile (buen día), hoyo hoyo (bienvenidos), unjani (cómo estás?), munghanu (amigo), entre tantas otras. Pero resulta que al preguntar como se dice “por favor” en la lengua local, descubrimos la inexistencia de tal frase dentro de su vocabulario.

 

Algo tan simple nos sorprende y nos hace reflexionar cómo son las personas allá. El changana, como todos los idiomas, se alimenta de quiénes lo usan. Es un reflejo de la cultura y de sus personas. No existe frase equivalente a “por favor” porque en Mozambique no hace falta pedir por favor, las personas simplemente dan. En las comunidades donde trabajamos sólo con ser nos enseñan a compartir, a vivir en comunidad, a dar.

 

Tanto en Mozambique como en cualquier parte del mundo, somos las palabras que usamos.

 
Mayeútica mozambicana

Juliana Mercau - 2018

Liberarme de juicios, desandar esos caminos, desaprender lo aprendido, creo que esa era mi sed.

En esa quimera naufragante, el viaje significó un punto de inflexión en mis procesos de búsqueda de identidad. El proceso de preparación había empezado progresivamente a tocar fibras muy profundas en mi, algunas lo suficientemente registradas y otras quizás presentes en un plano inconsciente, pero que se encargarían de cobrar pleno significado al momento del “trabajo en terreno”.

 

Mientras intentaba dejar de lado la “fiebre” occidentalista, enraizada en todos mis pensamientos, anhelaba dejarme llevar por lo ofrecido en todos y cada uno de los encuentros con esas personas, que me parecían tan ajenas al mundo conocido. Sentía una avidez profunda por conocer sus almas dejando de lado sus circunstancias.

 

Lo que aprendí fue inconmensurable. La sencillez, así, a pura cepa, sin reveses, tan intangible pero tan real, fue un soplo en mi cara y un consecuente derrumbe a mi mundo. La fusión de nuestros mundos, entrar a ese microcosmos que fue Macunhule, era algo inimaginable pero extrañamente cierto. Todo eso erupcionaba en cada baile, en el unísono de carcajadas cuando intentábamos ingenuamente hacernos entender, en los gestos universales. Pensé en el extraño valor que le dan a las manos, algo que para mi no era más que una parte utilitaria de mi cuerpo y hasta quizás, no conocía lo que era sentirlas vacías. Pero las suyas eran hermosas. Surgía una alegría irreflexiva de sólo conversar agarrados de la mano, tan exótico y tan puro a la vez, y sin haber en ellas nada más que las historias que veníamos a contar.

Fue desbordante poder empaparnos de sus experiencias de vida, de esa sabiduría dada de la misma tierra colorada que tan plenos nos hizo. Todo eso quería llevarme. Me resultaban hasta cómicas las preguntas sobre si, después del viaje, no había aprendido a valorar todo lo que hoy tengo. Y yo no podía dejar de pensar, todas esas noches bajo un cielo exponenciado de estrellas, en qué era todo eso que aparentemente tenía. Es que yo sólo quería lo que ellos tenían, ese magia tan contagiosa que transformaba toda situación incómoda, de miedos (de los que me invadieron infinitas veces) o de imponente extravagancia en una sensación un cierto adictiva, llevándome una y otra vez a ellos, a ese tiempo y lugar. No es una novedad, volver es con certeza lo más dificil de cada viaje. Pero haberme dejado interpelar por todo esto, convirtió a la mayéutica mozambicana en mi herramienta de búsqueda de verdades más acertada. Quizás, la única educación que no falla.

Seis nuevos árboles

Micaela Bogado - 2018

Calor, sol, luz, brillo. Pensar en Mozambique es volver a sentirlo. Sentir así, tan fuerte que apretás los ojos para recordar cada color,canción o historia.
Despertarse con los primeros rayos de sol, esperar a los papás y mamás para empezar la jornada de trabajo, juntos. Temprano,para que el sol del mediodía no te achicharre las ideas. Entusiasmarte tanto que te tengan que sacar ellos mismos de tu ciclo de martillar-nivelar-martillar para que descanses un rato, bajo la sombra. Tomar un poco de agua, que tan valiosa es. También para que te des cuenta que estás viviendo otros tiempos, otros ritmos, que no hace falta correr. Es todo cuestión de parar la pelota y conectar, incluso si tu portugués es rústico y tu changana corto: no hay cosa tan fuerte como que sientan que haces el esfuerzo; cantar con las mamás, "una en changana y otra en castellano"; tomar un mate y que te miren con curiosidad. Esa curiosidad que tanto los caracteriza, que hace que te hagan sentir como en casa aunque estés a un océano de distancia. 

Nunca pensé que iba a llamar mamá a tantas mujeres, ¡y en un tiempo finito tuve muchas! Esa curiosidad que hace que quieran probar el mate que nosotros tomamos cada día a pesar de los 40 grados bajo la sombra, y esa desfachatez de poner cara de asco cuando lo prueban. Pero todo es alegría cuando se trata de compartir. Compartir un martillo, un serrucho, una taza, una idea, un juego de cartas, un fogón, un plato de fideos de desayuno, un libro; sus huerta, sus casas, su escuela fue nuestra huerta, nuestra casa y nuestra escuela.
Miradas cómplices, sonrisas hasta las orejas , brazos y manos para jugar a la ronda, piernas y pies para jugar a la pelota: un puente infinito para construir un sueño en común y equilibrar un poco la balanza que tan desigual puede ser.
Fui con un sueño y volví con miles. Dos aulas para Macunhule, seis naranjos con nuestros nombres en el patio de la escuela, un millón de estrellas en nuestras retinas. Una marca indeleble en mi corazón.